Desierto de los Susurros: Parte 1
Una nueva isla apareció ante ellos como un océano inmóvil de dunas rosadas. El polvo fino reflejaba la luz del cielo y convertía el paisaje en algo brillante y casi doloroso de mirar. El cambio era abrupto; apenas días antes habían estado rodeados de columnas de agua, bruma y aire húmedo, y ahora el ambiente era seco, caliente y áspero, como si el mundo hubiera pasado de respirar a arder.
Al principio pensaron que era solo otro desierto extraño, hasta que levantaron la vista. Decenas de esferas luminosas flotaban en el cielo. No seguían un patrón claro; algunas se movían lentamente, otras permanecían suspendidas, pero cuando se reunían en grupos grandes el aire se volvía pesado y abrasador. El calor empezó a subir en cuestión de minutos.
—Ok, esto ya no está chistoso —dijo Melanie, cubriéndose los ojos con la mano—. Siento que me estoy asando.
Sweet observó el horizonte, entrecerrando los ojos mientras anotaba algo rápido en su cuaderno.
—Las esferas, cuando se juntan sube la temperatura —murmuró—. No creo que podamos caminar mucho tiempo así.
Ember permanecía quieta, escuchando el viento que arrastraba la arena entre las dunas. Limo fue el primero en moverse.
—Hay rocas allá —dijo, señalando una formación baja a lo lejos—. Tal vez podamos refugiarnos.
Caminaron sobre la arena caliente durante varios minutos. El polvo rosa se levantaba en pequeñas nubes con cada paso y el calor parecía filtrarse incluso a través de sus botas. Cuando por fin llegaron a las rocas, encontraron una grieta estrecha que proyectaba una sombra suficiente para esconderse del resplandor.
Se acomodaron como pudieron. El contraste fue inmediato: afuera el calor quemaba, dentro el aire era apenas soportable.
—Bueno, sobrevivimos —dijo Melanie, dejándose caer contra la pared de piedra—. Plan perfecto.
—No fue un plan —respondió Sweet, todavía mirando el cielo—. Fue suerte.
Las esferas seguían flotando arriba. Algunas se alejaban lentamente mientras otras llegaban desde distintos puntos del cielo.
Ember frunció el ceño.
—Tal vez —empezó a decir— deberíamos movernos cuando el calor baje.
Sweet levantó la mirada.
—¿De noche?
Ember asintió.
—Sí. Si esas cosas generan el calor, cuando se dispersen podría ser más seguro.
Melanie sonrió de lado.
—Viaje nocturno. Me gusta.
El grupo guardó silencio por un momento, escuchando el viento. Fue entonces cuando lo oyeron por primera vez: un susurro leve, arrastrado por el aire. No era una palabra clara, solo una vibración extraña que parecía moverse entre las dunas.
Limo inclinó la cabeza.
—¿Escucharon eso?
El sonido volvió a pasar entre las rocas, esta vez más cerca. Ember se tensó un poco, pero no dijo nada.
—Seguro es el viento —dijo Melanie—. En los desiertos siempre pasa eso.
—Este no es un desierto normal —respondió Sweet.
El susurro regresó, más largo. Algo parecido a una voz, pero distorsionada; las palabras eran imposibles de entender, como si el viento estuviera intentando hablar.
Melanie se levantó y asomó la cabeza fuera de la grieta.
—No veo nada —dijo.
Dio dos pasos más hacia la arena.
Sweet reaccionó casi de inmediato.
—Melanie, espera.
Pero ya era tarde. La arena frente a ella se movió. Un surco rápido atravesó la duna, como si algo se desplazara justo debajo de la superficie.
—Eh, chicos —dijo Melanie lentamente.
La arena explotó hacia arriba. Una serpiente de arena emergió en un movimiento brusco, larga y pálida, con escamas cubiertas de polvo rosado.
Melanie saltó hacia atrás.
—¡Órale!
Ember levantó las manos de inmediato; una vibración grave atravesó el aire y sacudió la arena alrededor de la criatura. Sweet jaló a Melanie hacia la grieta.
La serpiente se retorció unos segundos y luego desapareció otra vez bajo la arena.
Todo volvió a quedarse en silencio. El viento sopló entre las dunas y, por un momento muy breve, el susurro volvió a pasar.
Esta vez parecía casi una palabra.
Pero nadie logró entenderla.
Desierto de los Susurros: Parte 2
La noche cayó sin aviso y el cielo se volvió de un morado profundo, con esferas lejanas apenas iluminando las dunas. El frío reemplazó al calor del día y el grupo avanzó en silencio sobre la arena rosa, mientras el viento recorría el desierto con un murmullo constante que ya no parecía natural.
Un susurro pasó entre ellos, más claro que antes, arrastrado por el aire.
Melanie frunció el ceño.
—Oigan, ¿sí escucharon eso, o ya me estoy alucinando?
Sweet no respondió, concentrada en su cuaderno, pero el viento volvió a soplar.
—Hablas demasiado.
La voz fue clara.
Melanie se detuvo.
—¿Qué dijiste? —preguntó, volteando hacia Sweet.
—Nada —respondió ella, confundida.
—Sí dijiste.
—No dije nada.
El silencio se tensó apenas un segundo. Luego el viento regresó.
—Estás anotando cosas que ni sirven.
Sweet levantó la mirada y giró hacia Ember.
—¿En serio?
Ember parpadeó.
—¿Qué?
—Eso.
—Yo no dije nada.
El aire volvió a moverse, rodeándolos.
—Ajá, claro, nunca dices nada.
Ember tensó los hombros.
—Ok, eso sí no fui yo.
Limo, unos pasos atrás, se detuvo.
—¿Por qué me preguntarías eso?
—¿Qué cosa? —dijo Melanie.
—Si siempre me quedo callado porque no entiendo nada.
—Yo no te pregunté eso —respondió ella.
—Nadie dijo nada —añadió Sweet.
El viento se deslizó entre ellos, ahora más rápido, más insistente.
—Seguro ni sabe qué hacer.
—Nomás estorba.
—No inventes, corres bien raro.
—A ver si ahora sí haces algo, ¿no?
Las voces se mezclaban, cambiando de tono, imitando a cada uno con una precisión incómoda, pero exagerando lo suficiente para volverse burlonas.
Melanie chasqueó la lengua.
—Ya, qué onda con eso, si van a decir algo, díganlo bien.
—No estamos diciendo nada —respondió Sweet, con irritación.
Ember bajó la mirada.
—Siempre te equivocas.
Cerró los ojos un instante.
—No es real —murmuró.
—Claro que es real.
La respuesta llegó de inmediato, pegada al viento.
Sweet dio un paso adelante.
—Ya basta. No son ellos, es el lugar.
—Pues está bien raro —dijo Melanie—, porque suena igualito.
El aire cambió.
Una vibración leve recorrió la arena y, en segundos, varias líneas se marcaron bajo la superficie, moviéndose rápido. Las serpientes de arena emergieron en distintos puntos, rompiendo las dunas con movimientos bruscos.
—Ah, no, otra vez no —dijo Melanie, retrocediendo.
Sweet la jaló hacia atrás mientras Ember liberaba una vibración corta que alteró la arena alrededor. Limo se movió para evitar otra que surgía a su lado. No eran pocas, y seguían rodeándolos, apareciendo y desapareciendo bajo la superficie.
El viento volvió a soplar.
—¿Ves? Ni para esto sirven.
Sweet apretó los dientes.
—Ignórenlos.
—Ajá —respondió Melanie—, facilísimo.
Ember cerró los ojos, forzando su respiración a estabilizarse, ignorando las voces que seguían insistiendo, repitiendo, deformando. Poco a poco, el movimiento bajo la arena comenzó a disminuir. Las líneas se volvieron más lentas, hasta desaparecer por completo.
El silencio regresó, más ligero, aunque no del todo limpio.
Nadie habló de inmediato.
El viento seguía ahí.
Melanie soltó el aire.
—Ok, eso ya estuvo raro.
—No fue coincidencia —dijo Sweet.
Ember asintió.
—No.
Limo levantó la vista hacia las dunas.
—Entonces…
No terminó la frase.
El viento pasó una vez más entre ellos.
Esta vez, el susurro no imitó a ninguno.
Fue una voz distinta.
Lejana.
Desconocida.
Y, por primera vez, clara.
—Más adelante no van a poder ignorarnos.
El grupo se quedó inmóvil. Nadie respondió.
A lo lejos, una duna se movió lentamente, como si algo mucho más grande estuviera observando desde debajo de la arena.
Desierto de los Susurros: Parte 3
La arena comenzó a levantarse sin aviso, como si el suelo hubiera decidido respirar de golpe, y en segundos el paisaje de dunas rosadas dejó de ser visible para convertirse en un remolino denso que giraba a su alrededor. El viento no solo empujaba, también envolvía, y con él llegaron las voces, ya no como susurros lejanos sino claras, cercanas, metiéndose entre sus pensamientos sin pedir permiso.
—Oigan, ¿sí escucharon eso o ya me estoy volviendo loca? —dijo Melanie, cubriéndose la cara con el brazo mientras intentaba no perder de vista a los demás.
—No eres tú —respondió Sweet, entrecerrando los ojos—. Ahora sí se escuchan clarito.
—Hablas demasiado —dijo una voz con el tono exacto de Sweet, pero no venía de ella.
Melanie se quedó quieta un segundo. —¿Qué dijiste? —preguntó, volteando hacia Sweet.
—Yo no dije nada —contestó, frunciendo el ceño—. Ni siquiera abrí la boca.
—Claro que sí, siempre estás encima de todos —agregó la misma voz, ahora mezclada con otra que soltó—. ¿Trajiste algo de comer o puro aire?
Ember soltó una risa breve, más por nervios que por otra cosa. —Ok, esto ya se puso raro.
El viento aumentó y la arena empezó a golpearles con más fuerza, mientras las voces se cruzaban sin orden. —No sirves para liderar —dijo una, seguida de inmediato por otra—. Oigan, qué bonito está el cielo, ¿no? —y luego otra más—. Siempre arruinas todo.
—Ya cállense —gruñó Ember, cubriéndose los oídos—. Ni sentido tiene lo que dicen.
—Uy, la intensa —respondió una voz con un tono burlón idéntico al suyo—. Relájate tantito.
Sweet intentó avanzar, pero el suelo se sentía inestable, como si cada paso se deshiciera antes de asentarse. —No se separen —dijo, alzando la voz para imponerse al ruido—. Manténganse cerca.
—¿Cerca de quién? —soltó otra voz—. Si ni te hacen caso.
Una figura alargada se movió entre la arena. Una serpiente de cristal cruzó frente a ellos y desapareció entre el remolino sin detenerse, seguida por otra que emergió apenas un instante antes de hundirse de nuevo. No había patrón, solo movimiento constante que obligaba a mantenerse alertas.
—Esto no es como antes —dijo Melanie, mirando alrededor sin poder fijar la vista en nada—. Ya no es solo que nos peleemos.
—No, ahora el lugar se puso creativo —respondió Ember, intentando mantener el equilibrio.
Limo no dijo nada. Sus ojos seguían el movimiento del viento, no las voces, como si buscara algo más allá del caos evidente. —Tú puedes parar esto —dijo una voz cerca de él, suave pero firme—. ¿Otra vez no?
Parpadeó, pero no respondió.
—No lo intentes —agregó otra, casi en susurro—. Sabes qué pasa.
Por un instante, Limo levantó la mano, apenas unos centímetros, y el viento frente a él titubeó, como si hubiera perdido fuerza por un segundo antes de recuperar su intensidad. Sweet lo notó de reojo. —Limo, ¿hiciste eso? —preguntó, pero él ya había bajado la mano.
Las voces cambiaron de tono. —Ya te quedaste solo —dijo una desde algún punto imposible de ubicar—. No vienen contigo —añadió otra—. Ya se fueron.
Melanie giró bruscamente. —Oigan, ¿quién está allá? —preguntó, señalando hacia la derecha, donde la tormenta parecía abrirse apenas.
—Nadie —dijo Sweet—. No hay nada ahí.
—Claro que sí —insistió Melanie—. Escuché que me llamaron.
—No te muevas —ordenó Ember.
—Melanie, espera —dijo Sweet, extendiendo la mano.
Pero ella ya había dado un paso fuera del grupo.
Desierto de los Susurros: Parte 4
Melanie apenas alcanzó a dar el segundo paso cuando la tormenta cambió de golpe, como si hubiera reaccionado a su decisión, y el viento se cerró detrás de ella, levantando una pared de arena que la separó del resto. —¡Ey, espérense! —gritó, girando sobre sí misma mientras intentaba ubicar sus siluetas, pero lo único que encontró fue polvo girando y una voz que sonaba demasiado familiar—. Por aquí.
—No te muevas —alcanzó a escucharse la voz de Sweet, lejana y distorsionada.
—Sígueme, estás bien cerca —dijo la otra, idéntica, más clara.
Melanie dudó, apretó los puños y avanzó un paso más.
Del otro lado, Sweet empujó contra el viento intentando alcanzarla, pero la arena le golpeaba el rostro con fuerza. —¡Melanie, regresa! —gritó, cubriéndose los ojos—. No sigas esa voz.
—¿Cuál voz? —respondió Ember, girando sobre sí misma—. Yo apenas puedo escucharte.
—La está llamando —dijo Sweet, tensa—. Igual que antes, pero más directo.
Una serpiente de cristal cruzó entre ellas, obligándolas a retroceder un paso. No atacó, solo pasó, como si formara parte del mismo flujo de la tormenta.
—Esto ya no es coincidencia —dijo Ember, apretando la mandíbula—. Nos está separando.
Limo seguía inmóvil, observando. Sus ojos no iban tras Melanie ni tras las serpientes, sino al movimiento del viento, a cómo las corrientes chocaban y se reorganizaban en patrones que parecían repetirse.
—Otra vez —dijo una voz cerca de él—. Sabes cómo termina.
Cerró los ojos un segundo.
—Hazlo —susurró otra—. O déjalos.
Sweet volteó hacia él. —Limo, si sabes algo, dilo ya —dijo, con urgencia—. No tenemos tiempo.
El viento rugió más fuerte, como si quisiera ahogar cualquier intento de coordinación. A lo lejos, apenas visible entre la arena, una silueta se movía, pequeña, inestable.
—¡Melanie! —gritó Sweet.
—Por aquí —respondió la voz de Melanie, pero venía de otro lado.
Ember chasqueó la lengua. —Genial, ahora ni su voz es confiable.
La tormenta dio un giro más violento y por un instante todo pareció alinearse: el viento, la arena, las voces, como si formaran una sola cosa respirando al mismo tiempo. Limo abrió los ojos, levantó la mano y el aire a su alrededor vibró, no se detuvo por completo, pero sí perdió fuerza en un pequeño radio, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo; las voces se distorsionaron, algunas desaparecieron y otras quedaron lejanas.
Sweet lo notó de inmediato. —No sabía que podías hacer eso —dijo, sorprendida.
—No es suficiente —respondió Limo, sin apartar la mirada del frente—. No la va a detener.
—Entonces abramos camino —dijo Ember, dando un paso al frente.
Ember inhaló hondo y soltó una onda sónica corta pero potente que atravesó la tormenta como un pulso invisible, haciendo vibrar la arena y desacomodando por un instante el flujo del viento; las voces se cortaron a la mitad, como si alguien hubiera cambiado de estación sin aviso. —Ok, eso sí funcionó un poco —dijo, con una media sonrisa—. No tanto, pero algo es algo.
Limo ajustó el movimiento de su mano, desviando la corriente en la misma dirección del impacto de Ember, y entre ambos lograron abrir una franja inestable en medio del caos. A lo lejos, Melanie apareció de nuevo, desorientada, mirando en la dirección equivocada.
—¡Aquí! —gritó Sweet.
Melanie dudó apenas un segundo, pero luego apretó los dientes. —Ya me hartaron —dijo, y en lugar de seguir la voz, arrancó a toda velocidad, moviéndose en círculos amplios alrededor del remolino, cortando la arena con su trayectoria y rompiendo parte de la estructura del viento.
La tormenta reaccionó, girando más rápido por un momento, pero ese mismo exceso la volvió inestable. Limo mantuvo la presión desviando el flujo, Ember lanzó otra onda más corta para desfasar el sonido de las voces, y Melanie aprovechó la apertura para salir del borde del remolino directo hacia ellos.
—¡De este lado! —dijo Ember.
Melanie cruzó el espacio abierto y llegó con el grupo, respirando agitado pero sonriendo. —Ok, eso sí estuvo pesado.
Las voces regresaron por un instante, más desordenadas que antes, pero ya no tenían la misma fuerza. El viento empezó a deshacerse poco a poco, como si ya no pudiera sostener su propia forma, y las serpientes dejaron de verse entre la arena.
—No mires atrás —dijo Limo, bajando la mano con cuidado.
Avanzaron juntos mientras la tormenta se desarmaba detrás de ellos hasta desaparecer por completo, dejando el desierto en silencio otra vez. Melanie se dejó caer de rodillas, soltando una risa nerviosa. —Ahora sí se pasaron.
Ember se sacudió la arena del brazo. —Mínimo ya sabemos que esto no solo se aguanta, también se puede empujar tantito.
Sweet miró a Limo, todavía con curiosidad. —En serio no sabía que podías hacer eso.
Limo observó su mano un momento antes de guardarla a un lado. —Yo tampoco pensaba usarlo aquí —respondió, y luego levantó la vista hacia el horizonte.
El viento sopló suave sobre las dunas, pero ya no se sentía igual, como si algo hubiera cambiado apenas lo suficiente para dejar claro que ese lugar todavía guardaba más de lo que estaban entendiendo.






